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VIAJES Y AVENTURAS

¡ESTOS ALEMANES!














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El centro de Europa, posee características geográficas, sociales y culturales poco comunes. A la belleza natural de sus bosques, lagos y montañas, se suma la refinada educación de sus habitantes, donde la música clásica le pone el adecuado marco.
Una tarde, salíamos de Bonn rumbo al sur, siguiendo las sinuosidades del valle del Rin. El paisaje era estremecedor: las suaves colinas que encajonan el río, estaban enmarcadas por diferentes tonos de verde, enormes extensiones de viñedos y bellísimos palacios y castillos, algunos de los cuales estaban en ruinas. Las caudalosas aguas del principal río alemán, eran surcadas por embarcaciones de paseo y de carga.
Para admirar el paisaje, conducía lentamente mi automóvil por una zona urbana, coqueto barrio de clase media frente al río. No pude resistir la tentación de detenerme para grabarlo en video.
Al hacerlo, deposité sobre el techo del coche el bolso negro de la cámara, donde llevaba todo lo importante: documentos, pasaportes, travellers checks, dinero en efectivo, tarjetas de crédito y tickets aéreos.
Tomé un par de vistas de la zona y luego ascendí al auto para continuar el viaje.
Luego de pasar varios semáforos y circular por calles de una sola mano, prontamente salimos de la zona urbana, donde continuaba junto al río una ruta convencional, poco transitada. Cinco minutos después, de habernos detenido, nos hallábamos circulando a mayor velocidad, dispuestos a disfrutar de algunas horas de viaje, enmarcados por el espectacular paisaje.
Pregunté a mi mujer si en el asiento de atrás estaban todas nuestras cosas, refiriéndome específicamente al bolso negro. El bolso, con sus tesoros, no estaba.
Incrédulo giré completamente y comprobé por mí mismo su desaparición. Entré en pánico, al recordar que lo había depositado sobre el techo del auto y que al terminar de filmar, había partido olvidándomelo.
La pérdida de lo que hace de uno un ser formal en la tierra, era como una muerte civil, ocurrida en un país lejano, con idioma y leyes desconocidas, sin posibilidad de auxilio. Esto señalaba el fin de nuestras vacaciones, seguramente con costos tremendos.
Perdido por perdido, giré en U, y a máxima velocidad, hice el camino inverso sin respetar semáforos, de contramano y pensando que si venían los polizei mejor. En un par de minutos llegué al lugar de la filmación, deteniendo el coche en medio de la calle y como una flecha salí al encuentro de una pareja que dejaba su casa en ese momento.
Muy ansioso, me expresé en inglés, preguntándoles dónde quedaba la estación de policía. El alemán en vez de contestarme, me interrogó acerca de cuál era mi problema.
Si profundizaba, podría haberle dicho que era una persona que no existía o algo así, en cambio le dije que había perdido un bolso negro. Al darme vuelta para señalar el lugar donde había tenido la distracción fatal, mi dedo índice ¡estaba señalando el bolso!
Alguien lo había depositado sobre la vereda, del lado del río.
Muy ansioso, saludé con un ademán a la pareja, y corrí angustiado hacia el lugar, donde lo abrí muy nervioso. Lo primero que vi, fue un fajo de dólares. Comprendí que eso significaba que estaba todo lo demás, cosa que así ocurrió.
Esa terrible experiencia, resultó una tremenda lección, gratuita en lo económico, sin polizei y que culminó felizmente por la gran honestidad de los alemanes.
Proseguí mi camino, lleno de admiración y respeto por ellos y por esa persona anónima que me había vuelto a la vida con su honrosa actitud.
Luego de viajar algunas horas, llegamos a Baden Baden, aristocrática ciudad de la Selva Negra, donde sus prolijas calles y hermosas residencias, se hallaban enmarcadas por coloridas flores.
Como un deleite para los oídos, se podía escuchar a algún pianista solitario, cuya melodía salía de las ventanas, mezclados con las solemnes sinfonías de los clásicos.
A la hora de cenar, nos dirigimos a un restaurante al aire libre, que estaba colmado de gente. Llamamos al mozo y ordenamos algunas bebidas, pasando inmediatamente al español para intercambiar opiniones sobre el menú. El joven camarero nos observó con curiosidad y se retiró.
Hacía rato que habíamos escogido el menú, y las bebidas no llegaban, por lo que llamé reiteradamente al mozo, para ordenar los platos.
El joven nos observaba, pero sólo atendía otras mesas.
Pasaron más de treinta minutos, para darnos cuenta que ninguno de los mozos nos atendería y que eso se debía a que hablábamos español.
Lo pensé un poco, pero no, la Gestapo ya no existía, sólo quedaba la ancestral xenofobia alemana.